Varias veces he escuchado ese comentario de algunas mujeres: que después de dar a luz a sus hijos perdieron toda la dignidad. A veces el comentario viene lleno de risas cómplices de otras mujeres, a veces con seriedad y desilusión, y hay veces que viene lleno de tristeza. Sea cual sea el estado de ánimo que acompañe este comentario, a mí siempre me produce extrañeza, disconformidad, a veces pena. ¿Qué es lo que vivimos las mujeres en los partos que nos quita la dignidad? ¿Es necesario que así sea?

Y acaso ¿no debería ser el día que parimos a nuestros hijos, el día que nos debería llenar de dignidad? ¿Acaso no deberíamos salir fortalecidas emocional y físicamente, para luego poder cuidar a nuestras crías?

Estoy segura que así debería ser. El día del nacimiento de nuestros hijos, entramos hijas y salimos madres. Ése no es cualquier tránsito y el parto está cargado de recursos para que la mujer encuentre en sí la fortaleza, perseverancia y paciencia que luego necesitará. El parto es una tremenda oportunidad para que esa mujer devenga en una madre amorosa y protectora.

Pero no es así cómo se vive la mayoría de las veces ¿Qué es lo que nos quita la dignidad en nuestros partos? A partir de mi experiencia personal y laboral, creo que son las constantes intervenciones médicas a las que somos sometidas y de las que apenas somos informadas; esas que las mujeres aceptamos de buena gana, porque todas queremos hacer lo mejor por nuestros hijos. Pero ¿son necesarias? ¿Es un precio que hay que “pagar” por el bienestar de nuestros hijos?
La evidencia científica indica que para tener partos más sanos y seguros hay que evitar las intervenciones médicas de rutina, ya lo vimos en la columna “Nacimientos: La intuición materna y la evidencia científica”. Y ¿por qué? Porque los cuerpos de las mujeres están hechos para parir y porque una intervención trae otra intervención, produciéndose una “cascada de intervenciones”[1].

Un ejemplo: una mujer es inducida porque cumplió las 40 semanas, accede a la propuesta del doctor porque está cansada y le preocupa la preocupación del doctor; no hay razones médicas, ni exámenes que indiquen que sea necesaria esta intervención. Es hospitalizada y se inicia la inducción: uso de prostaglandinas vaginal y luego occitocina sintética por vía venosa. Se hace un enema, incómodo e indigno para no dar “sorpresas” en el camino. Las contracciones por occitocina sintética son más fuertes y seguidas, tanto para la madre como para el bebé, son mucho más cansadoras; se hace uso de un monitor fetal continuo por lo que la madre no puede moverse durante las contracciones, eso la cansa y asusta. Muchos tactos para ir chequeando el “avance”, interrumpen a la madre dejándola cada vez más adolorida. Se le rompe la bolsa artificialmente para “apurar” el progreso. Será necesario un antibiótico por vía venosa. Pasado un rato la madre pide anestesia, lo único que se presenta como opción para vivir su trabajo de parto. La anestesia no le permite moverse y eso significa que la madre no puede ayudar a su bebé a “atornillar” con sus movimientos. La madre se encuentra acostada con los pies hacia arriba, una posición que a todas vistas no ayuda. El bebé queda haciendo prácticamente todo el trabajo. La posición en que se encuentra la madre es cómoda para el doctor, pero claramente no ayuda al descenso, más las horas de occitocina sintética y de anestesia, terminan cansado no sólo a la madre, sino al bebé quien baja los latidos cardíacos, empieza a ser urgente que el bebé nazca… Empieza la fase expulsiva del trabajo de parto y como la madre no siente, en vez de pujar naturalmente según su cuerpo indique, alguien le dice cuándo pujar y con qué intensidad. Son pujos dirigidos que no tienen la misma eficiencia de los pujos espontáneos por lo que hay que “ayudar” a la madre empujando su vientre hacia abajo (maniobra de Kristeller) y/o con fórceps, y para el fórceps urge la episiotomía.

Esta es una historia y como esta, miles… ¿Es necesaria la inducción? En este caso no hay razón médica, sólo falta de paciencia y expertise. ¿Es necesario el enema? No, la madre naturalmente “vaciará” su cuerpo para parir. ¿Son necesarios los tactos? Los latidos del bebé están bien, la madre tranquila, no hay para qué chequear el avance. ¿Hay otras alternativas a la anestesia? ¡Claro! Que haya silencio, oscuridad y calor, también masajes, calor local, un baño de agua caliente… ¿Y el monitor fetal continuo? Tampoco es necesario, la evidencia indica que es mejor el monitor fetal intermitente[2]. ¿Y la posición acostada? Por sentido común podemos decir que estar horizontal con los pies arriba, no sólo no ayuda, sino que dificulta expulsar al bebé… A esas alturas, las intervenciones médicas son necesarias, claro que sí; en esa posición y después de todo lo vivido la mujer necesita de “ayudas” exógenas para parir a su hijo…
Para parir no es necesario perder la dignidad, todo lo contrario, las mujeres podemos pedir a los equipos médicos evitar las intervenciones médicas de rutina, podemos pedir intimidad, silencio, respeto. Reverencia para el momento sagrado de nacer y parir.

Si quieres saber más sobre el parto, puedes contactarnos en www.mujeralumbra.cl
[1] Este concepto se usa para explicar cómo una intervención lleva a otra intervención, cuyo resultado puede ser más perjudicial que beneficioso.
[2] http://apps.who.int/rhl/pregnancy_childbirth/childbirth/routine_care/jncom/es/