Foto Familia

Llegué a la semana 38 de embarazo atendiéndome en la Católica. Nunca se me habló del parto hasta la semana 37, cuando me enteré que mis posibilidades de tener un parto vaginal eran muy escasas, según me dijo la doctora, porque había tenido una cesárea previa, lo que significaba un riesgo inminente. Yo me había prometido que en este segundo parto no volverían a pasar sobre mi voluntad, y que estaría más empoderada, pero ese sentimiento se fue desvaneciendo cuando la doctora me decía “Yo que tú no me ilusiono mucho”, “Hasta la semana 40 te espero”. Afortunadamente nos surgió con Julio la posibilidad de ir al taller de parto de Alumbra, donde nos explicaron que el cuerpo de la mujer es sabio y que sabe parir. Después del taller, donde nos hicieron imaginar nuestro parto soñado, me vino una gran certeza de que no quería seguir adelante con esa doctora, a pesar de que estaba en la semana 38.

–“Puedes cambiar de equipo médico”- me animaron cuando terminó el taller-. Inmediatamente me puso en contacto con una matrona de la Clínica Madre Hijo, una de las pocas que atiende partos respetados por Fonasa. Entonces me envalentoné, tomé una hora especialmente para explicarle a mi doctora este cambio de rumbo, con lo cual quedó completamente descolocada y me deseó suerte, con un tono desconcertado y algo irónico. Entonces con Julio, quien se sentía tan partícipe como yo del proceso, nos reunimos con una matrona cariñosa que nos dio toda la confianza, y nos dedicamos a esperar con calma a Paloma.

En la semana 39 por la noche me empezaron las contracciones intensas. Julio me masajeaba la espalda con aceites mientras yo me abrazaba a una pelota gigante. Así pasamos la primera noche, viendo documentales de animales. Luego, en el transcurso de ese día, las contracciones disminuyeron y en la noche volvieron a aumentar con intensidad. Así nos pasamos 32 horas de trabajo, los dos juntos, con mucha tranquilidad. Había perdido la noción del tiempo. En los últimos momentos, me senté en la ducha y con el vapor y el calor, me relajé y se estrecharon las contracciones, cada tres minutos. Entonces fue cuando Marta, la matrona, nos dio el vamos para partir a la clínica. Para sortear el dolor, inventé una vocalización vibrante que me calmaba mucho, y de eso me aferré hasta llegar a los brazos de Marta que me esperaba en la puerta de acceso.

Allí, con mucho respeto y bajo mi consentimiento, Marta me hizo el primer tacto. –¡Estás lista! –me dijo. Efectivamente, estaba con nueve y medio de dilatación. Marta me explicó que el largo trabajo de parto había sido muy bueno para ir ablandando de a poco el cuello del útero. Entonces fue cuando me invitó a pasar a pabellón. “Pabellón” era una pieza cálida, con una luz tenue, olores exquisitos y una colchoneta. Ahí también sonaban los mantras del yoga que practiqué durante el embarazo. En ese ambiente cálido y contenido, entré directo a pujar.

Me aferré a Julio con mucha fuerza. Al principio estaba muy tensa con el dolor, que me llevaba a contraerme, a apretar mi cuerpo. Sentía unas ganas tremendas de pujar y a la vez un dolor intenso que en un momento me paralizó. -¡No puedo más! –lloraba. Pero Marta y Julio me daban ánimos. Me invitaban a soltarme, a abrir mi cuerpo. Además, recordaba que en el taller me habían dicho que ese momento en el que uno se quería morir y estaba a punto de rendirse, era cuando ya iba a nacer. Marta me dijo que ya venía, y efectivamente me toqué hacia adentro y sentí su cabecita bajando. Eso me dio el último soplo de fuerza para los dos últimos pujos que sacaron su cabecita y un tercero donde salió el cuerpo de la Paloma. Yo estaba en cuatro patas y vi a la Paloma sobre la colchoneta con sus enormes ojos abiertos, explorando todo a su alrededor. Nunca olvidaré ese primer encuentro, fue lo más emocionante que he vivido. Entonces la tomé entre mis brazos y Julio me abrazó a mí. Mientras estábamos los tres abrazados, me vino una contracción leve para expulsar la placenta, que Marta me mostró como si fuera una obra de arte, parecía un árbol genealógico con todas sus raíces. Finalmente Julio cortó el cordón umbilical, y desde ese momento no me separé más de la Paloma, quien estuvo pegada a mí amamantando sin parar (hasta el día de hoy).Esa experiencia fue la más poderosa que he vivido, me hizo sentirme tremendamente fuerte, valorar el poder universal de las mujeres. Siempre agradeceré haber asistido al taller de Alumbra, que me dio toda la información necesaria y las fuerzas para cambiar de rumbo, empoderarme y tomar esta decisión, sin duda, la mejor. Y por supuesto, estoy eternamente agradecida de Marta y especialmente de Julio, quien fue y es mi máximo apoyo, y que gracias a este proceso, es tan protagonista de la crianza como yo.

 

Isabel Hurtado

 

 

FOTO Fernan

Tenia 32 semanas cuando decidimos hacer el curso, llevaba en mi cuerpo la experiencia de dos partos Josefina y Estela. El primero a mis 20 años muy medicalizado y traumático tanto para mi como para mi guagua (episiotomía y fórceps)  y un segundo parto mucho mas respetado pero de igual forma en una clínica. El hecho de ser enfermera me jugaba en contra siempre, el miedo a la complicación lo llevaba en la sangre. Pero esta vez me sentía mucho mas sabia para vivir un parto en casa como siempre había soñado. El curso con Malila y Caridad fue decisivo para empoderarme y dejarme fluir en esta aventura, ellas nos mostraron la otra cara de la moneda, el lado amable de parir, del que nadie te habla, ellas desde su experiencia tranquilizaron mi mente. Analizamos los pro y los contras, hablamos apasionadas de la oxitocina y como cuidarla, hablamos de parir con placer, rodeadas de calor y contención. Ellas nos enseñaron a realizar un ¨Plan de Parto¨ donde escribimos todo lo que deseábamos para ese momento: Intimidad, silencio, calor, seguridad…También planificamos un plan B. Todo esto ademas empapado de su carisma, cariño por parte de ellas.

Creo que es fundamental para toda mujer informarse y empoderarse de su parto, planificarlo y buscar su red de apoyo para tan importante acontecimiento, sentirse acompañada y contenida.
Por esto muchas gracias grupo Alumbra
Gabriela, Fernán y María Celeste

Con 36 semanas de embarazo, empecé a sentir lo que después sabría con certeza que eran contracciones. Eran muy suaves, como un dolor menstrual leve. Luego, al cumplir la semana 37 con 2 días, las contracciones se volvieron más intensas, me sentía cansada. Pero, como todavía me faltaban días o semanas para el parto, no me preocupé y seguí tranquila en mi casa, junto a Gabriel, mi marido.

Luego de unas horas, el dolor cambió, y además de sentir un leve dolor en el vientre, comencé a sentir algo muy similar en la parte baja de la espalda. Fue en ese momento que con Gabriel supimos que Diego había decidido nacer antes.
Fui al baño y me di cuenta de que boté el tapón mucoso, así que llamamos a nuestra matrona, Yennifer. Nos dijo que iba a ir a vernos a la casa (nosotros habíamos quedado de acuerdo con ella en que estuviera con nosotros en la casa para el trabajo de parto) y ahí ver cómo iba todo.
Cuando llegó le comenté que no sabía si realmente estaba en trabajo de parto porque sentía dolores muy leves. Acordamos que me hiciera un tacto y me dijo que estaba dilatada en 4.
Ella se fue a otra pieza y nos quedamos con Gabriel, poniendo en práctica lo que sabíamos era mejor para el trabajo de parto, luces bajas, silencio… No le avisamos a nadie, sabíamos que era lo mejor, así nada ni nadie estaría apurándonos de ninguna forma.
Yo perdí la noción del tiempo, desde ese momento Gabriel comenzó a hacerse cargo de todo, me ayudaba y acompañaba y a lo lejos lo sentía hablar con Yennifer.
El dolor iba en aumento, así que me sugirieron ir a la tina. Cuando llegué al baño Gabriel ya tenía todo listo, me ayudaron a entrar a la tina con agua caliente, lo que fue un gran alivio para el dolor, pero iba en aumento y comencé a sentir que no lo iba a lograr, lloraba y les pedía que me llevaran a la clínica, quería anestesia. Gabriel me acompañaba en silencio y una de las pocas cosas que me dijo la matrona fue que este era el momento en que iba a sentir más dolor (cuando la dilatación estaba enter 6-8), que hasta ahí llegaba, que no iba a aumentar….eso me alivió y me calmó.
Quise salir de la tina y fue difícil, las contracciones eran seguidas y me costaba levantarme para ir a la pieza. Cuando lo logré ya no quería los masajes en la parte baja de la espalda y los guateros que antes me aliviaban tanto. Me vistieron y Gabriel comenzó a preparar todo para irnos a la clínica.
Por suerte los 2 estábamos alineados y teníamos súper presente todo lo que habíamos aprendido en el taller de parto de Alumbra. Gabriel me puso una parka, me pasó lentes de sol (eran cerca de las 3 am) para que no me molestaran las luces de la clínica y la calle, ya que sabíamos que para que el parto siguiera su curso la luz tenue era importante, así como también el no sentir frío.
Bajar las escaleras fue intenso y cuando llegué al auto fue todo un logro. Por suerte Gabriel tenía el auto lleno de frazadas y almohadas, así que yo iba acostada y muy sumergida en mi mundo.
Luego llegamos a la clínica y caminé desde el estacionamiento hasta la sala de parto. Mi matrona ya tenía todo organizado para que la sala estuviera lista. Esa caminata fue difícil, pero ayudó a que Diego fuera descendiendo. Cuando llegué a la sala de parto hacía calor, con la ayuda de Yennifer me desvestí e instintivamente encontré el lugar que me pareció más cómodo. No sé como me subí en la camilla y me quedé ahí.
Yennifer me hizo nuevamente un tacto, porque yo sentía muuuuuchas ganas de pujar. A todo esto, nunca más me acordé de la anestesia jijij. Ya estaba completamente dilatada, estaba feliz. Gabriel estaba delante de mí, yo en la camilla boca abajo, pujando….ahí sentí que como se rompió la bolsa, no podía parar de pujar. Yennifer me sugirió que me pusiera en una posición más vertical, para ayudar a que Diego bajara, así que me colgué del cuello de Gabriel….seguí pujando, salió la cabeza de Diego, escuché al obstetra decir que estaba con el cordón alrededor del cuello, pero que él ya lo había sacado. Recién ahí me di cuenta de que él había entrado a la sala. Me dijeron que siguiera pujando para que Diego pudiera salir….pujé con toooda mi fuerza y salió, lo sentí y me di vuelta, lo tomé, era pequeñito y lloraba y yo no podía parar de sonreír. Me recosté con él en mi pecho, ya estaba tranquilo, la matrona y el obstetra lo limpiaron un poco….esperamos a que el cordón parara de latir y lo cortamos, la placenta salió 10 minutos después….ya todo había terminado. Fue un trabajo en equipo. Desde que partieron las contracciones más intensas hasta que naciera Diego pasaron aproximadamente 8 horas. Llegamos a la clínica cerca de las 3 am y el nació cerca de las 4:30 am. Todas las horas son aproximadas porque ninguno de los presentes en el parto miró el reloj 😉
Estoy segura de que fue un parto tranquilo porque nos informamos y teníamos claro lo que teníamos que hacer para no interrumpir este proceso tan natural. Teníamos la convicción de que las mujeres estamos hechas para parir a nuestros hijos….y si bien estábamos abiertos a la posibilidad de que algo pasara, pusimos todo de nosotros para que Diego pudiese venir al mundo de la forma más amorosa posible.

Relato de parto Claudia-Gabriel-Diego

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Mi trabajo de parto, partió  justo en mi semana 40+6 días, con plena confianza en que todo iba a salir bien, muy emocionada de vivir lo que como matrona me había tocado acompañar tantas veces.

Mis ojos se llenaron de lágrimas de emoción al darme cuenta que quedaba poco para conocernos y abrazarnos con la Clarita. Fue un día secreto donde solo, Martin, mi pareja y papá de mi guagua, y mi mamá, sabían lo que estaba sucediendo. Hice mi vida normal, caminé por Providencia, ordené las últimas cosas y flui en las contracciones espaciadas del día, comí, agradecí al cielo por la bendición de vivir tan consiente lo que estaba viviendo.

Ya en la noche, las contracciones se pusieron más intensas por lo que sentí que quería caminar y que necesitaba estar más sola. Fuimos con Martin a caminar a un parque. Y en la quietud de la noche caminábamos ya teniendo que parar en cada contracción. Tu venida se hacía cada vez más real, más cercana.

Al llegar a la casa, se me vino el tiempo, dolor y  la incertidumbre, decidí hacerme un tacto. Tenía 3 cm de dilatación.  Al darme cuenta que aún faltaba mucho, sentí la necesidad de la contención femenina de mi Doula, entonces,  le pedí que Martin la llamará. Ella no demoró en llegar con una taza grande de un rico té de jengibre y una tina de agua caliente, la que recuerdo con mucho cariño!
Mi mente se calmó… Y en la soledad y oscuridad de mi pieza pasé el resto de la noche…  Entre contracción y contracción… el tiempo nebuloso fue pasando muy rápido…

Ya en la mañana, una voz tranquila me dice que ya era momento de irnos, era la Caridad que me aclaraba que mis contracciones ya estaban muy seguidas… Le pedí quedarnos un poco más… Me volví a duchar y partimos.

Al llegar a la clínica, estaba mi matrona esperándome. Estaba con 6 cm de dilatación.  Todavía faltaba tiempo para conocerte amada Clarita…
Y seguí en la sala de parto acompañada de mis dos compañeras femeninas, y mi querido hombre que entre masajes, rebozos  y ánimos me iban acompañando en mi trabajo. También me acompañaba mi mente de matrona la que, a ratos, no me dejaba tranquila. Sabía que estaba todo bien, pero las imágenes de lo vivido en mi vida de matrona irrumpían. Recuerdo que en un momento quise estar solo con ellas, mis compañeras femeninas ( Stephy y Caridad). Estoy muy agradecida, fui muy respetada. Mi doctor con delicadeza asomaba su cabeza por un biombo para no interrumpir y Martin, con gran generosidad, esperó afuera. A esas alturas, mi trabajo de parto se había puesto muy intenso… Sentí dudas de poder lograrlo… Sentí miedo de pujar. Quería encerrarme en la sala sola… que nadie más entrará.  Recuerdo que le hablé a La Virgen María que me acompañara. También a ti mi Clarita linda para que me ayudaras. Me sentía muy cansada y  ya en cada contracción, la bolsa que fue tu contención Clarita, estaba integra y se asomaba pero se volvía a entrar. Yo había soñado que nacías dentro de tu bolsa como un gatito! No quería que la rompieran, quería verte nacer como lo había soñado. Pero ya habían pasado 17 horas de trabajo de parto y  3 o más horas de dilatación completa (que ahora puedo calcular) Mis pujos hacían bajar tu cabeza mi Clarita pero luego volvías a entrar!
Decidimos romper la bolsa… En ese momento sentí tu peso en mi vagina y la voz de mi Doula que me dijo ahora toca pujar sin miedo, tu puedes, yo estoy aquí contigo atrás tuyo! Me puse en cuclillas y agarrada de una barra, Pujé con todas las fuerzas que tenía. Sentí una sensación que moría, pero q lo estaba logrando.  En ese momento vi la amable cara de mi doctor abajo mío con sus ojos de “tu puedes”  y su preciosa frase que no olvidaré… “puja con amor “… PUJÉ con todas mis ganas y tu cabeza salió… Ya te tenia entre mis piernas! En el siguiente pujo salió tu cuerpo entero a los brazos de Emiliano, a lo que yo rápidamente arrebaté de sus brazos y te puse en los míos… Y lloramos las dos!! Entre una nube de emociones nos mirábamos, yo sentada en el suelo, tu papá atrás mío abrazándonos, conectadas aun por tu cordón y nuestra placenta. Estaba en éxtasis, nada importaba, habían entrado muchas personas extras en la pieza, que no sé por qué ni cuando llegaron a nuestro momento, pero no importaba, estábamos juntas! Mi corazón rebalsaba de amor y gratitud! Gratitud hacia la vida, hacia Martin que me supo entender, hacia mi querida Doula que me acompañó con sus palabras necesarias, mi matrona que me regaló , cariños y la seguridad que necesitaba de que estaba todo bien , tranquilizándome y mi querido doctor que, humildemente, se mantuvo siendo un gran participe y protector para no ser trasgredidas por protocolos estándares y del ambiente externo con sus ritmos acelerados, no dejo que cortaran tu cordón antes de que dejara de latir, ni que te sacaran arriba mío, estuvimos horas  pegadas sin vestirnos mirandonos. Los tres, permitieron prolongar este momento mágico, íntimo y divino…  salió nuestra linda placenta… que quedó impresa en un papel para no olvidarla y poder honrarla… como acto final de este, el momento más intenso e importante de mi vida… Luego, entró mi familia a conocerte… y nuestros compañeros de parto se despidieron… De ahí en adelante empezó un nuevo camino…

Luz María Peñafiel.

familia

Todas sabemos Parir

Quisiera contarles una experiencia que marcó mi vida, un día muy especial en el que me sentí más mujer que nunca, cuando descubrí por qué la naturaleza nos hizo de esta forma y nos entregó el regalo de dar vida.

El 27 de octubre de 2014, nació mi segundo hijo. Creo que es poco lo que pueden expresar las palabras de lo maravillosa que fue la experiencia y lo marcadora y sin vuelta atrás que resultó.

Comenzaré por contarles que mi primer embarazo fue un período precioso, lleno de anhelos y ansiedades. Como me imagino que a cualquier mamá primeriza le pasa, traté de cuidar cada detalle para que la llegada de mi hija fuera perfecta: leí los cuidados que debía tener en todas las etapas, preparé mi casa para su llegada, fui a charlas de maternidad y lactancia y leí libros, entre otras cosas. Fueron 9 preciosos meses de espera y preparación para encontrarme con la que sería mi primer amor a primera vista.

Sin embargo, creo que nada de esto fue suficiente para comprender realmente lo que yo quería. Es aquí donde quiero detenerme un poco, ya que, a pesar de todo lo mencionado anteriormente, lo que realmente me faltó fue información. Durante mucho tiempo me culpé por no haberme informado lo suficiente para vivir el parto que yo quería vivir, porque, en el fondo, no sabía cual era ese parto.

Llegué a la clínica con poca dilatación, como le pasa a muchísimas mujeres en este país, y para apurar el nacimiento por alguna razón que aún desconozco, aplicaron conmigo todas las intervenciones de rutina típicas de los partos normales: rotura artificial de membrana (una de las cosas más dolorosas sin sentido que he vivido), inyección de oxitocina sintética, monitoreo fetal continuo, anestesia epidural, por lo tanto, posición horizontal, tacto permanente y finalmente presión a través de la maniobra de Kristeller para “ayudarme” a pujar porque a esas alturas yo ya no estaba en condiciones. Finalmente, la Lauri nació algunas horas después en perfectas condiciones, pero con una mamá que poco y nada se acuerda de su llegada al mundo.

No quiero con esta historia juzgar a quienes decidan tener partos con este tipo de intervenciones, simplemente quiero contarles que cerca de 6 meses después del nacimiento de mi hija, comencé a vivir un duelo por no recordar prácticamente nada de nuestro primer encuentro. Empecé a hilar todo el proceso y a investigar todas las intervenciones que “están de más”, y me di cuenta del poco tino que se había tenido en mi caso, y cuánto lamentaba no haber tenido la alternativa de decidir cuáles de ellas podía aceptar y cuáles no. En resumen, pude no haber aceptado ninguna ya que todo en mi embarazo venía completamente normal.

Fue así como decidí que, para mi próximo embarazo, quería que las cosas fueran distintas. Empecé a informarme del parto fisiológico, natural, sin anestesia, o como quieran llamarle, y le dije al Seba, mi marido, que si teníamos otro hijo, quería que su llegada fuera diferente.

Cuando estuve embarazada de nuevo, retomé mi “investigación” y llegué a Alumbra, un proyecto que estaba formando una amiga y que buscaba acompañar el embarazo y el nacimiento y crianza de nuestros hijos, reivindicando la manera en que hoy llegan al mundo, fomentando el aprendizaje de un montón de cosas que hoy se pasan por alto.

Le pedí al Seba que me acompañara a un taller. Él, siempre racional y preocupado por mi seguridad y la de la guagua, estaba un poco escéptico, sin embargo, me acompañó. Aprendimos un millón de cosas que no sabíamos, pero lo más importante de todo, fue descubrir que nuestro hijo podía nacer, sin ningún tipo de intervención médica, y eso no afectaría la seguridad del parto.

Y así pasó el tiempo hasta llegar al día que cumplí 40 semanas. Fue un domingo que estuvimos solos con el Seba encerrados en nuestro dormitorio, preparándonos para ese momento que habíamos soñado durante tantos meses. Tuve un trabajo de parto largo pero muy tranquilo. El lunes a primera hora llegamos a control con la matrona. Si bien yo había soñado con hacer la mayor cantidad del trabajo de parto en mi casa, decidimos quedarnos en la clínica porque yo ya estaba con 5-6 centímetros de dilatación y el parto podía desencadenarse rápido.

Tuvimos un día tranquilo, los dos solos en una SAIP (Sala de Atención Integral del Parto). Mis contracciones fueron aumentando en frecuencia e intensidad muy lentamente. A las 4 de la tarde se desencadenó todo. Comencé a sentir cómo la naturaleza se apoderaba de mi cuerpo y de mi mente, cada vez de manera más profunda. Entendí por qué las hembras de distintas especies se esconden para parir, por qué buscan intimidad y por qué no se necesita nada más que el instinto animal para llegar ahí.

La presión de la cabeza de mi guagua en la parte baja de mi espalda era cada vez mayor, él quería salir y yo tenía que ayudarlo. Me movía de un lado para otro, buscando entre una y otra contracción una posición cómoda para los dos. Gemía, gritaba, apretaba la mano del Seba. Me movía. Mucho. Nadie me interrumpía. Era un momento sagrado y respetado.

Cuando pensé que ya no daba más, pedí anestesia. Por un segundo me sentí derrotada, y le dije a mi marido “creo que necesito anestesia para seguir”. Él, mirándome profundamente y con la voz temblorosa, me dijo “Javi, yo creo que no la necesitas”. Sé que en su interior lo único que él quería era quitarme el dolor, sin embargo, estaba tan comprometido conmigo en este proceso, que sabía que lo único que yo necesitaba era que él me contuviera y me confirmara que yo podía seguir.

Y así fue, ya estaba sobre los 9 centímetros de dilatación y sólo algunos minutos después comencé a pujar. De pié, al lado de la cama, apoyé las manos en mis rodillas y con todas mis fuerzas pujé y pujé. Grité como nunca imaginé que pudiera gritar, con una adrenalina imposible de describir. Con mi mano, sentí mi dilatación total y su cabeza cuando ya estuvo listo para salir. Un pujo más y su cabeza ya estaba fuera. Recién en ese momento llegaron mi doctor y mi doula, quienes silenciosa y respetuosamente se pusieron a mi disposición. Un par de pujos más y salieron los hombros, y de la misma forma el resto del cuerpo. Y así, de manera completamente instintiva, a las 5:01 recibí a mi Damián. Una vez que lo tuve en mis brazos, fue como si el dolor nunca hubiera existido. Sólo había felicidad, amor a destajo y la satisfacción de haberlo logrado y confirmarme capaz de hacerlo.

Fue una experiencia maravillosa, extrema, animal y, por sobre todo, natural. Comprobé empíricamente que estamos hechas para esto. Mi cachorro nació en perfectas condiciones, completamente despierto, con todos sus sentidos alerta, y trepó automáticamente a mi pecho.

Cerré con esto el doloroso proceso que implicaba no acordarme del parto de mi primera hija y me supe perdonar, y tengo la certeza de que si tengo otro hijo, no podría escoger otra manera de hacerlo.

Sólo me queda invitar a todas las mujeres a informarse, a saber de qué procedimientos pueden prescindir sin que esto afecte sus partos. Todas sabemos parir.

Javiera Cortina.

Rosario valenzuela

22 de diciembre de 2015

Soy madre de dos maravillosos hijos Diego de 3 años 9 meses y Clemente de 1 año y con estas palabras quiero contarles una parte de mi experiencia con la maternidad enfocada en el parto de mi segundo hijo.

Para esto tengo que partir con el embarazo de mi primer hijo Diego. Por conversaciones con una muy buena amiga (Manu, líder de la liga de la leche) nació en mi el interés por informarme del embarazo, el parto, la lactancia y la crianza. Durante mi primer embarazo comencé a leer sobre estos temas de diferentes fuentes, aplicaciones, páginas de facebook y libros de crianza natural y con apego. Mientras esperaba a Diego le tenía algo de miedo al parto pero sabía por todo lo que había leído que, en embarazos y mujeres sanas, la manera natural es la mejor manera en cuanto se evitan riesgos e intervenciones y por los múltiples beneficios para el post parto de la mujer, tanto físicos como emocionales. Si bien leer ayuda mucho necesitaba sentirme más confiada por eso, tomé los talleres de parto con la doula, que además fue mi matrona en el primer parto, Pascal Pagola. Mi marido Ricardo, que es cero de estas reuniones con desconocidos, me apoyó y partimos juntos a prepararnos. Ya en ese entonces sabía que me gustaría haber tenido el apoyo de una doula, sin embargo decidimos no tomar una porque consideramos en ese entonces que sería un momento nuestro solamente. El parto se desarrolló relativamente bien, Diego nació sano de 40 semanas, mi marido me apoyó lo mejor que pudo, sin embargo necesité que intervinieran con epidural a mitad de camino (en baja dosis de manera que pudiera moverme libremente) porque me sentía muy cansada como para seguir llevando mi parto. Con Diego tuve una excelente recuperación y una lactancia sin problemas.

Mi segundo embarazo, fue igual de bueno que el primero, fuera de que me dio pubalgia a tal extremo que me dolía para caminar, darme vuelta en la cama, etc. Por indicación del ginecólogo tomé clases de matronatación en el Meds, lo que me quitó el dolor y me fortaleció el piso pélvico. Para este parto estábamos convencidos de que necesitaríamos el apoyo de una doula y ya con una experiencia vivida Ricardo no dudó en hacerme este regalo. Hice algunas averiguaciones y llegué a contactar a la Caridad Merino. Tuvimos algunas reuniones previas en donde conversamos sobre la experiencia anterior de parto, nos repasó las etapas del trabajo de parto y planificamos el nacimiento de Clemente con el fin de que se diera de la manera más similar a lo que yo quería de él. A las 40 semanas Clemente no daba señales de querer nacer y a mi alrededor todos estaban poniéndose un poco nerviosos, menos mal eso no me afectó, pero no voy a negar de que ya quería que naciera. Empecé a controlarme más seguido y como todo seguía bien sólo quedaba esperar. Finalmente comenzó mi trabajo de parto a un día de cumplir las 42 semanas. Me desperté a mitad de la noche y estuve sobre la pelota hasta que ya llegó el momento de despertar a Ricardo y llamar a la Caridad. Cuando llegó la Caridad me preparó un baño de tina exquisito con aromaterapia y velitas, y ahí estuve casi dos horas dejando fluir las contracciones mediante la técnica de vocalización que leí en alguna parte, muy concentrada y conectada con mi cuerpo. Esta fue sin duda la mejor parte del trabajo de parto, la luz perfecta, la temperatura ideal, olores ricos y la oxitocina aumentando libremente. Cuando ya se hicieron lo suficientemente seguidas las contracciones (esta vez nunca monitorié con reloj, los tiempos fueron completamente instintivos), le avisé a la Caridad para que me revisara y nos preparamos para irnos. Camino a la clínica ya amanecía pero ella se preocupó de mantenerme a oscuras, lo que me ayudó muchísimo a no perder la conexión con mi cuerpo. El ingreso fue súper rápido, llegué con dilatación 8. Allá me recibió la matrona y doula Stephanie Galán, otro apoyo fundamental en esta experiencia. La última etapa del trabajo de parto fue la más intensa. Me di una ducha caliente sobre la pelota acompañada por Ricardo y luego estuve moviéndome por la sala libremente. Varias veces le rogué al ginecólogo por epidural, pero el apoyo de la Caridad, Ricardo y la Stephie fue fundamental para seguir adelante, lo que me dio una recompensa insospechada y maravillosa. Clemente nació adentro de la bolsa, el saco amniótico no se rompió, “enmantillado” como dicen en algunos países. Ninguno de nosotros lo podía creer! Lo vi moverse dentro de ella y abrí la bolsa, de dos capas, con mis propias manos! Fue abrir el regalo más precioso, estaba completamente en éxtasis de la emoción. Luego lo puse sobre mi pecho por un par de horas. Nació muy despierto, desde entonces me miraba con sus ojitos profundos y no se durmió en todo ese tiempo. Los primeros días en la clínica no me lo despegué, sólo quería estar con él, dormía en mi cama, enchufado en la pechuga, tranquilito y feliz. Le tenía dicho a las enfermeras que no nos molestaran de noche para mudar ni nada, y me respetaron y apoyaron. Me bajó la leche al segundo día y Clemente salió pesando más de lo que pesaba al nacer. Tuvimos una lactancia espectacular aunque pasamos por la famosa alergia a la proteína de la leche de vaca, la cuál también superamos y sobrellevamos gracias a la información disponible y la convicción de que la lactancia es lo mejor para ellos y para una, aunque a veces cueste y tengamos que atravesar difíciles obstáculos.

Rosario Valenzuela.

Carolina Stuardo

Mi nombre es Carolina y soy mamá de Mateo de 2 años 10 meses y Antonia de 4 meses. Cuando me embarace de Mateo, lo único que sabía es que quería que él naciera por un parto “normal”, porque creía que así deben nacer los bebés. Con mucha desinformación llegue a una inducción de parto fallida en la semana 40 de mi embarazo, que terminó en cesárea. La experiencia dejó una huella muy profunda, pero que sólo salió a la luz con mi segundo embarazo. En este nuevo embarazó sólo sabía que no quería volver a repetir lo mismo, pero aún sin entender muy bien que había fallado en mi parto anterior.
En la semana 33 del embarazo de Antonia tuve la oportunidad de asistir a un taller de preparación del parto. En el escuché por primera vez acerca del “Parto fisiológico” y de las condiciones que deben existir para que un parto fluya de la manera correcta. Este taller me sirvió para entender que yo no había tenido ninguna de las condiciones necesarias que debe tener una mujer para parir, y que si esto seguía igual terminaría en otra cesárea. Decidimos con mi marido hacer algo, debíamos pedir ayuda y empoderarnos. En ese momento apareció Malila en mi camino, mi Doula. Ella escucho mis temores, mi pena del parto fallido de Mateo y me alentó a cambiar la historia de este nuevo parto. Con su ayuda fui capaz de tomar las decisiones correctas, entre ellas un cambio de equipo médico que apoyara mi decisión de intentar un PVDC (parto vaginal después de cesárea). Su ayuda fue fundamental para vencer mis miedos y aprensiones. Creo que su presencia y el apoyo total de mi marido en esta etapa me llevaron a que el día que mi Antonia decidió nacer, llegara de la mejor forma, en un parto natural, bello y sanador que fue capaz de borrar la herida de mi cesarea y a demostrarme que toda mujer sabe exactamente como parir y que no necesitamos nada más que creer en nosotras mismas.

Gracias!!

Carolina Estuardo.

Sarah y Marco

Era nuestro tercer embarazo, y entonces tercer parto. Los dos primeros fueron sin anestesia, solo con matronas y volviendo a casa algunas horas después. Así que queríamos algo similar. Buscamos una matrona para hacernos el seguimiento. Y llegó el momento de decidir dónde parir: en la clínica o en casa, que eran las dos opciones para tener nuestro parto lo más natural o parecido a los otros dos.
Como habían pasado 11 años desde el último parto, decidimos ir unl taller de parto fisiológico. Y qué sorpresa aprender todavía tantas cosas nuevas! y darnos cuenta que habían más opciones de cómo parir. Aprendimos el valor de tener una doula a nuestro lado. Decidimos entonces parir con una matrona y una doula, las dos recomendadas la doula que impartía el taller. Así conocimos a Mali, nuestra doula y decidimos asistir a un taller de parto en Alumbra impartido por ella para conocerla más, conocer opciones y compartir con otros padres en la misma situación que nosotros.
Ese taller de Alumbra fue súper valioso donde aprendimos mucho y nos dio más seguridad en nuestra decisión de parir en casa. Aún pensamos que todas las personas debieran seguir este taller para sensibilizarse al mundo del parto y cómo hacerlo de la mejor manera tanto para el bebé como para los padres y así comenzar desde el principio a construir un mundo con más serenidad y amor.
Sintiéndonos súper tranquilos, confiados y escuchados por nuestra matrona y Mali, esperamos el día que nuestro hijo Caetano eligiera salir de su huevito.
Con varias falsas alarmas de inicio de parto llegó el día. Las contracciones empezaron en la noche. Toda la noche, respiré, caminé, dormí por momentos y en la mañana como ya eran bastante seguidas las contracciones y desde hace varias horas llamamos a la doula que llegó a las 9h. Era domingo, mi marido, nuestras dos hijas y mi mamá estaban en casa. Ellos vinieron a saludarme a mi pieza en la mañana en mi pieza y continuaron con su día normal. Yo me quedé en mi pieza, mi gruta, donde Mali y mi marido me traían comida, algo para tomar.. La Mali se encargó de todo: el calor de la pieza, la luz,…después de algunas horas ella llamó a la matrona. Cuando llegó, entró en la pieza y se instaló en un rincón. Solo me saludó de lejos para no intervenir en mi trabajo de parto que ya había empezado. La doula también estuvo en un rincón de la pieza.
Bueno eso duró varias horas.
Como ya había pasado harto tiempo, la matrona vino a controlar el corazón de mi hijo, que estaba súper bien, y a ver mi dilatación, que yo pedí controlar sin que se me informaran detalles, solo me decía, ” todo está bien”. Me sentía súper segura con ellas dos: me daban justo una palabra de tranquilidad cuando lo necesitaba y me dejaban hacer lo que sentía.  Mi sensación era que todo era muy lento y perdía un poco mis fuerzas, me dolía mucho la parte baja de la espalda. La matrona me propuso entrar en la tina y eso me alivió mucho. Después salí. Un momento pensé en mis hijas, no serán muchos gritos o mucho tiempo para ellas esperando? Sentía que no avanzaba, perdía un poco mis fuerzas, me desconecté de mi ser. Y le comenté a la Mali, quien me respondió que justo le había propuesto a mi familia salir un rato a dar una vuelta. Salieron todos, mis hijas, mi mamá y mi marido. La matrona y la doula también salieron de la pieza. Ahí me dije: ” A buscar en mi no más toda mi fuerza de mujer” Empecé a gritar como una salvaje, suspendiéndome de unas telas colgadas a una puerta. Le dije a mi hijo:” Sí, podemos!”
Y ahí se rompió la bolsa, algo que no había ocurido en los otros partos porque me la habían roto. Eso me dio alegría, el trabajo por fin avanzaba. La matrona me propuso entrar otra vez en la tina. Y ahí lo tomé en mis brazos, estaba tan feliz,.. Algunos minutos después llegó mi marido que había corrido para llegar… después llegaron mis hijas… Todos estaban tan emocionados de verlo en nuestra tina, tan lindo mirándonos,… La oxitocina estaba bien presente. Esperamos que la placenta saliera y mi hija menor cortó el cordón. Con la luz tenue, las toallas calentitas que me traía la doula, estaba todo perfecto.
Fuimos a la cama y nos tomamos un batido de placenta!!! Todos felices, cansados y emocionados. Una alegría y paz tan profunda me acompañaba. Gracias vida, gracias a esas dos increibles mujeres, mi doula y mi matrona por acompañarnos y sobre todo por creer en mi, en el milagro de la vida, en la fuerza y sabiduría de la mujer para parir sin intervención!

Marco y Sarah.

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“Siempre supe que cuando fuera madre, quería tener a mi hijo de la manera más respetuosa y tranquila posible, por eso no recuerdo el día que decidí tener parto natural, simplemente sentía que así debía ser.
Lo que sí recuerdo es el día que decidí parir en casa. Mi deseo era claro: disponer de una bañera de parto para que el agua calentita fuera mi analgésico natural. El “inconveniente” (que luego resultó ser el beneficio) era que en Chile no había centros que permitieran el parto en el agua. La opción entonces era parir en casa, atendida con un equipo médico que hiciera partos domiciliarios y arrendar una bañera de partos. La idea al principio me dio respeto, pero rápidamente me entusiasmó, ¿dónde iba a parir más a gusto que en mi propia casa? Soy enfermera española y en Europa es más común el parto natural, sobre todo en Holanda donde la mayoría de partos son en casa. Fue en este punto que conocí a Mali, la que terminaría siendo mi doula y amiga. Ella me contó su experiencia y cómo trabajaba y quise que nos acompañara en este proceso.
El plan era hacer el taller preparto de Alumbra con mi pareja, y llegado el momento, arrendar piscina de partos y llamar a Mali y la matrona. Por supuesto los controles ginecológicos daban el visto bueno a dicha decisión hasta el último momento, hecho imprescindible para que se dé un parto domiciliario.
Para mí era muy importante sentir que me preparaba a consciencia para el gran momento de dar a luz y sentir que mi compañero iba a estar igual de informado y preparado que yo. Así lo hicimos y fue crucial asistir a esas reuniones, de donde salía mucho más empoderada de cómo había entrado y más unidos con mi pareja en este propósito de traer a nuestra hija al mundo lo más naturalmente posible. Empoderada porque las sesiones las dan mujeres preparadas que, por encima de todos los conocimientos técnicos que tienen, han parido (y no solo una vez), su variada experiencia es muy valiosa… porque sientes el apoyo, la contención y el coraje necesarios en la gestación y porque me dotaron de información importantísima. Porque toda mujer que decide parir en un centro hospitalario (o no) DEBE estar informada de TODOS los procedimientos a los que se verá sometida. Debe sentirse también acompañada.
Y así me sentí llegado el día. Se hizo de noche, las contracciones se iban acentuando y yo iba entrando de a poquito en mi trance transformador. Cada contracción me iba adentrando al mundo instintivo y alejando del racional. Mi marido acompañándome incondicionalmente supo que nuestra hija estaba llegando y llamó a Mali. Llegó al poco rato, y sentí un gran alivio de tener su presencia femenina al lado, sentía agradecimiento y regocijo porque ella traía consigo mucho confort, experiencia y sobretodo una mirada cariñosa y atenta a mis necesidades.
No sé cuánto tiempo pasó, creo que una hora, y llegó la matrona, ya estábamos todos para recibir a nuestra hija. No me tuve que preocupar de nada, solo de mi cuerpo y mis sensaciones, mis contracciones y mi hija. Lo demás fue pasando solo porque mis acompañantes se encargaron de que el entorno fuera lo más reconfortante y cálido para mí, yo era la protagonista, así debe ser en todos los partos, la mujer que pare es la protagonista y todo debe estar pensado y hecho para ella y su bebé. La luz era tenue, la música suave, la temperatura cálida, las personas respetuosas conmigo, y con el entorno, procurando que fuera propicio para sentirme en intimidad y segura, sobretodo segura. Y allí estaba la bañera, esperando a que yo entrara ¡Justo lo que necesitaba! Entrar en ella fue una maravilla porque en el agua encontré el consuelo físico que necesitaba, el emocional ya lo tenía. Al cabo de unas horas, nuestra bebé nació, tranquila, respetada en sus tiempos, amorosamente. Fue la noche de mi vida, de mi transformación como mujer, algo que nunca podré explicar con palabras.
Creo que la importancia de tener una doula al lado en el parto reside en dos cosas: en la necesidad de propiciar espacios íntimos y favorables al parto y en la necesidad de la mujer que pare de sentirse acompañada en su proceso. Se encarga de que lo externo actúe como una sinergia que ayude a la mujer en trabajo de parto, sinergia que hará que el proceso del parto fluya como es debido y se acomode, en sus tiempos, en su ritmo.
Es esencial prepararse para un parto consciente, es algo demasiado bello y significativo como para pasarlo por alto y entregárselo al destino. El parto es nuestro, de cada mujer que lo vive y sólo ella debe elegir cómo y con quién hacerlo.”

Thais Rivas.

Dominga Tomic

Mi segundo hijo nació por parto natural. El proceso para tomar la decisión no fue fácil. Tomamos el curso de Alumbra pocas semanas antes de la fecha probable de parto, buscando con mi marido conectarnos de mejor manera con el proceso que se venía. El equipo que atendería mi parto era el mismo con el que había nacido mi primera hija dos años atrás y me sentía cómoda con que así fuera. El parto sería en una clínica, utilizando los métodos “tradicionales”, que hasta ese momento me habían sido presentados como la única alternativa. Pero algo ocurrió en el transcurso de las últimas semanas de embarazo que hizo que fuera apareciendo en mi y en mi marido la convicción de que esta vez queríamos algo distinto. Lo que comenzó como una intuición, a medida que avanzaban las semanas y se acercaba la fecha final, fue tomando fuerza y forma, gracias también a los conceptos que íbamos aprendiendo en el taller. Tanto así, que a la semana 38 de embarazo me armé de valor y cambié de equipo médico, para atenderme con uno que sí estuviera abierto a la posibilidad de atender un parto natural. No estaba segura si cuando llegara el día lo lograría, mi miedo más grande tenía que ver con ser capaz de soportar el dolor. Para superar este miedo me sirvió mucho leer algunos textos que me recomendó mi matrona, donde se presenta la posibilidad de vivir el parto incluso como un evento placentero. Aprendí que la asociación parto = dolor era una idea instalada en nuestra cultura que funciona como profesía autocumplida: a mayor miedo, más dolor. Me convencí de que solo debía confiar en mi capacidad de parir, en la sabiduría del cuerpo, y todo se daría como tenía que ser. Y así fue. Empecé con el trabajo de parto tranquila en mi casa, acompañada de mi marido e hija. Pasamos ahí un buen rato, tomando té, conversando y pasando las contracciones con la ayuda de un guatero. Cuando el dolor se hizo más evidente, decidimos partir a la clínica. Llegué con 7 cm de dilatación, cosa que me sorprendió. Ya ahí todo avanzó muy rápido, las contracciones se hicieron más seguidas e intensas y decidí darme una ducha. Esto funcionó como una perfecta anestesia pero al salir volvieron las contracciones y en pronto rompí la bolsa. Desde ahí perdí noción del tiempo pero diría que en menos de 20 minutos mi hijo había nacido, sin necesidad de ninguna maniobra invasiva. La experiencia fue maravillosa, difícil de describir con palabras. El sentimiento que queda es de infinito amor y agradecimiento por todo lo vivido. Recuerdo especialmente el momento cuando me entregaron a mi hijo, lo abrasé y nos quedamos sentados en el suelo, suspendidos en el tiempo y espacio, mirándonos, enamorándonos, sin apuro. Acompañados de silencio, respeto y cariño.

Frase a destacar: Me convencí de que solo debía confiar en mi capacidad de parir, en la sabiduría del cuerpo, y todo se daría como tenía que ser. Y así fue.

Dominga Tomic y Pelayo Santa María.

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Apenas supe que estaba esperando a mi segundo hijo, decidí que quería que tener un parto lo más natural posible, respetado, muy lejos de como había sido la primera vez. Así fue como llegamos a Alumbra, donde pudimos informarnos y conocer nuestras opciones. Decidimos que el parto sería con un equipo médico entendido en partos respetados, y a los 6 meses de embarazo nos cambiamos de doctor. El parto sería en la clínica y nos iba a acompañar la Cari.
Mi máximo miedo siempre fue no saber cuándo empezaba el trabajo de parto y no alcanzar a llegar a la clínica. Mi primer parto había sido inducido y yo no había tenido dolor hasta que me rompieron la bolsa.
Y la verdad es que por poco no llegamos. Llevaba todo el día con contracciones, pero sin dolor, y a las 2 de la mañana se me rompió la bolsa y empecé con contracciones muy seguidas. Cuando llegamos a la clínica no alcanzaron a examinarme ni nada porque Aníbal ya estaba con demasiadas ganas de nacer.
El parto fue precioso, full respetado e íntimo. Además de nosotros, pude ver al doctor y la matrona, así que si hubo alguien más la verdad es que no me enteré. Es tan increíblemente natural todo, tan intrínsecamente humano, que el día después le pregunte a Seba si es que él me había visto sufriendo, pero él me dijo que no, que me veía como que sabía lo que estaba haciendo.
Obviamente que sentí dolor, pero creo que en ese momento el dolor te ayuda a tener a tu guagua, y una vez que sale la cabeza ya no sientes más dolor. Justo antes de eso, recuerdo que la Cari me dijo: “mira, está ahí” y le toqué su cabecita. En ese minuto se activó en mí una fuerza interior impresionante, y al poco rato tenía a mi Aníbal en mis brazos. Las emociones se multiplicaron… fue demasiado lindo y perfecto todo, porque además de haber tenido a mi guagua, me sentía perfecto.
Sin duda que volvería a repetirlo.

Isidora Riutort.