Autora: Angelita Urzúa

Y llegó el día, el momento de tan esperado encuentro, de conocernos!
Es un día para celebrar, un día para estar de fiesta. Esta vez, además de preparar el bolso, la pieza y la cuna; nos preparamos para vivir un proceso intenso y hermoso. Yo tuve una doula y si me preguntan por qué, fue para que me protegiera y para sentirme segura en ese paso.

Desde el comienzo de mi embarazo decidí que este parto sería distinto al primero, que fue parto normal con fórceps inducido a las 41 semanas. Así que lo primero que hice fue elegir un equipo médico y una clínica que trabajara con partos naturales y que respetara el proceso de apego luego del nacimiento. Lo de tener o no una doula, lo decidí más adelante. Cuando se fue acercando el final del embarazo nació en mi la necesidad de estar acompañada, sobre todo de una presencia femenina para celebrar ese momento como lo hacían antiguamente, entre mujeres. Pero no es cualquier mujer. La doula con su experiencia es una lectora de señales. Hace una lectura al cuerpo, a la mirada, al actuar. Aquí no hay cabida para el lenguaje ni la razón.

La sensación de tener a alguien que está a tu lado tranquilo, que puede entender algo de lo que te está pasando porque ha pasado por lo mismo, da mucha fuerza y permite que uno quiera atravesar todo el proceso. Ayuda a mirar con otros lentes, a poder disfrutar de ese proceso que muy pocas veces se ve como una fiesta. Permite creer que ese día uno es la mas reina de todas las reinas. Es tanto mejor estar acompañada para saberse fuerte y capaz porque hay alguien que cree en ti y sabe que eres capaz de lograrlo.

Que es doloroso, por supuesto! pero es un dolor que va y viene. Que cuando no está, hay una sensación de bienestar y sedación tan grande que al venir la siguiente contracción es como si todo empezara desde cero. Es un pasaje de luz y oscuridad, de dolor y amor, de alegría y pena profunda… Es un conectar con lo más profundo de nuestro ser, es un despertar del alma dormida. Es llegar hasta las entrañas de la vida para dar vida.

El cuerpo es muchísimo más perfecto de lo que creemos. Nos sorprende al dar a luz sin problemas, sin rajaduras ni desgarros, sin necesidad de calmantes ni anti inflamatorios para el dolor. Es triste pensar que en algún momento se entregó el cuerpo de la mujer a las manos de un “otro” experto que tiene todo el conocimiento y por eso el poder de hacer lo que estime correcto. No digo con esto que se debe prescindir de los “expertos”, su presencia es fundamental por si surgiera cualquier inconveniente y contar con esa tranquilidad facilita el proceso. No se puede negar que gracias a eso, se han podido salvar muchas vidas y eso es maravilloso. El doctor y la matrona que sostienen y protegen, están ahí para devolver a la mujer el poder y sabiduría de su cuerpo. El poder de alumbrar devuelto a la mujer es una manera de hacer más humano el mundo de hoy, de acercarlo al amor, al dolor, a la vida. La doula es una guardiana de esto.

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